Dicen que mis hombres son chubascos. Vienen, me ennegrecen la vida, me
ponen de mal humor, me frizan el pelo, me llueven un poco en la cabeza y
después se van. Uno pensaría que después de tanta lluvia sale el sol, pero no.
Si algo aprendí a través de los años es esto: " A un chubasco siempre, sin remedio, le
sigue otro."
Desde chica , sin que nadie me lo explicara, aunque todos me decían que no, entendí que iba a estar sola y asumí que estar sola cuesta mucho, duele en el cuerpo, enferma.
Que no tener en quien apoyarse pesa y duele.
Me dí cuenta rápido de que los cuentos infantiles que terminan siempre bien son sólo cuentos.
De chica intuí que hay que confiar poco y en pocas personas; ahora comprobé
que hasta el mejor amigo, que hasta el hombre de tu vida puede traicionarte.
Que los humanos somos sólo humanos y por eso decepcionamos.
Ahora pienso que si alguien me lo hubiera dicho desde el principio, habría sido todavía mas
cautelosa. Hubiera confiado menos y quizas hasta me hubiese dolido menos.
Cuento esta historia con las pocas fuerzas que me quedan, cuento con lo poco
que me queda de memoria.
De un plumazo o de un enter, se puede cambiar la vida de alguien. En unos
segundos se puede caer el mundo abajo: no, no es una metáfora... se puede caer
el mundo, el techo de tu casa en tu cabeza; Dios en tu cabeza se toma el palo para
dejarte sola, sola. Todas las convicciones que tuviste alguna vez pueden
relativizarse... todo puede verse de una u otra manera
A veces en Internet el enter se aprieta antes de tiempo.
Desde que termine el colegio no tuve demasiado en claro que hacer con mi vida.
Me siento bastante diferente, como si fuera de otra familia.
Lo mismo me pasa con la gente, en general, es como si fuera de otra especie.
Tampoco sé como describirme, nunca me puse a pensar soy así o asá.
Soy mutante, no me quedo en el mismo lugar mucho tiempo, no pienso siempre lo
mismo de las cosas. y de pocas cosas estoy segura.
No viví una infancia solitaria pero de alguna manera buscaba la soledad.
Mi casa siempre estuvo llena de gente y a mi me gustaba encerrarme en el baño a
mirarme al espejo, quería tener la seguridad de estar sola.
Entraba al baño, me miraba al espejo y hacia caras. A veces hasta lloraba.
Mirarme al espejo me daba ganas de llorar.
Sin explicación las lágrimas brotaban: me gusta verme llorar, el que diga que no le gusta miente.
Sino, inventaba conversaciones con alguien y me miraba al espejo a ver como era mi cara cuando me reía, cuando me
sorprendía, cuando sacaba la lengua, cuando intentaba ser sexy, cuando levantaba
una ceja, cuando me daba vuelta rápido y el pelo me cubría la cara.
Mi cara pensativa, mi cara de interés por lo que me están contando, mi cara de "estoy
entendiendo lo que me decís", mi cara de "no entiendo una mierda lo que decís",
mi cara de "me duele acá" y mi puchero por si mis viejos no me daban lo que yo
quería. Que era siempre. Mis viejos nunca me daban la bola que yo quería: esa no
era una cara que tenia que ensayar.
Pongámoslo de esta manera: toda la atención que no me prestaron a mi, la dieron
en caridad a otros. La gente se siente mejor siendo buena con el
"prójimo" y ni se dan cuenta que el prójimo mas próximo soy yo.
Yo era diferente de mis viejos. Sí, quería ayudar como ellos, pero no me salía la vocación de samaritana.
Y eso que fui a la iglesia todo lo que pude y eso que intenté no pecar demasiado y eso que no tuve novio oficial
hasta los diecinueve. Y eso que acaté cada orden que me daban, que leí
muchos libros, que no comía demás, que me arreglaba para los eventos de
caridad,y soportaba a todos esos "sin techo en mi casa."
En esos tiempos sentía que nadie me entendía y que iba a estar toda la vida sola.*~

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